FORMACIÓN MONÁSTICA E INCULTURACIÓN
san Benito supone que ese hombre busca a Dios. El maestro de novicios
debe ganarlo para Dios. Desde ese momento deberá adiestrarse en las
3las de los hermanos a 3n de poder militar bajo la bandera de Cristo,
el único rey.
Por tanto, se supone que es un hombre ya evangelizado. Ha sentido
el anuncio de Cristo y ha optado por Él. Aunque probablemente es
también consciente de que ahora empieza un trabajo de conocimiento
más personal y exigente. En este trabajo estará apoyado por la
comunidad a través de la vida diaria, y también a través de monjes
concretos que se encargarán de ir formándolo para que transforme en
vida su conocimiento de Cristo y de Dios.
Tendrá que ir abandonando los criterios propios, la propia voluntad,
los malos hábitos adquiridos, las costumbres mundanas a las que se fue
modelando en su vida anterior.
A través de la obediencia y la humildad tendrá que realizar
una especie de vaciamiento interior total, que lo abra a una gran
disponibilidad y apertura hacia los “mayores” que lo han precedido en
la vida monástica. En los grados de humildad del cap. 7 de la Regla,
san Benito llega incluso a ver esto como un camino que, partiendo
de una actitud interior de fe, culmina en manifestaciones exteriores
que parecieran ser una radical manera nueva de actuar, de valorar y
de valorarse a sí mismo, casi plenamente calcada en una forma que la
comunidad le imprime.
Y sin embargo:
Los que hemos tenido ocasión de convivir en San Anselmo o en
otros lugares con monjes de las distintas congregaciones benedictinas
no podemos negar la experiencia de que un monje inglés es bastante
distinto de uno alemán, y éste de un francés, que lo es a su vez de un
español.
Y no estoy hablando de “malos” monjes. Me re3ero por supuesto
a los “buenos”, a los que no sólo lo son, sino que además están muy
convencidos de serlo. Y que se sentirían seriamente agredidos si se los
quisiera convencer de que, por ser distintos, no son auténticamente
monjes.
Dejando de lado la tentación siempre presente y real de juzgar de
la autenticidad de los otros, partiendo de la 3delidad a lo nuestro, los
monjes latinoamericanos hemos tenido la experiencia muy fuerte de
la convivencia en un mismo país de formas monásticas fuertemente
marcadas por la realidad cultural de donde provenía la comunidad
fundadora. Nuestra Patria –Argentina– podría ser una buena prueba
de ello. Entiéndaseme bien: no critico un hecho. Simplemente constato
que la realidad cultural de hecho marca fuertemente hasta la misma
manera de vivir una idéntica regla monástica. Y ello está muy lejos de
ser algo negativo. Por su constancia y por los frutos de santidad y de
vida que ello ha producido, podemos estar seguros de que el hecho
nace de una raíz sana y buena.
El mismo san Benito, romano del siglo V, tiene escalas de valores
culturales distintas del irlandés Columbano, del egipcio Pacomio o
del capadocio Basilio, sin que por ello deje de haber una profunda
veneración y aprecio por ellos.
Concepto de cultura
Creo que es importante dejar bien aclarado lo que se entiende por
cultura, cuando en esta reunión latinoamericana de monjes hablamos
del tema. No en todas partes ni en todos los tiempos ha tenido el
mismo alcance, y ni siquiera el mismo contenido.
Incluso en los mismos documentos de la Iglesia se puede notar el uso
ambivalente del término. Un ejemplo lo tenemos en dos documentos
muy cercanos. En el discurso de Juan Pablo II a los universitarios
católicos de Méjico el 31 de enero de 1979, el Papa toma el término
más bien en el sentido de conocimiento integral, es decir algo que atañe
al desarrollo completo de la persona humana: inteligencia, voluntad,
conciencia, etc. Casi estaríamos tentados de equiparar este término a
lo que en América Latina se llamó “civilización”, por contraposición a
la barbarie.
Puebla en cambio en sus números 385 en adelante, y particularmente
en el 386 afirma: “Con la palabra Cultura” se indica el modo particular
como en un pueblo los hombres cultivan su relación con la naturaleza,
entre sí mismos y con Dios...”. Es el “estilo de vida común que
caracteriza a los diversos pueblos. Por ello se puede hablar de pluralidad
de culturas”. Y en el número siguiente a3rma: “La cultura así entendida
abarca la totalidad de la vida de un pueblo: el conjunto de los valores
que lo animan y desvalores que lo debilitan y que, al ser participados
en común por sus miembros, los reúne en base a una misma conciencia
colectiva. La cultura comprende asimismo las formas a través de las
cuales aquellos valores o desvalores se expresan y con3guran, es decir,
las costumbres, la lengua, las instituciones y la estructura de convivencia
social, cuando no son impedidas o reprimidas por la intervención de
otras culturas dominantes”. Aquí termina la cita de Puebla.
Casi podríamos decir que existen dos maneras diferentes de
entender lo que es cultura. En un caso podría signi3car algo así
como: Forma superior de vida civilizada, “culta”, re3nada, instruida,
universalista e iluminada. Algo que siendo de pocos, debería tratar
de ser expandida al mayor número posible. Sobre todo, a los pueblos
subdesarrollados. En el otro caso cultura signi3ca idiosincrasia propia
de un pueblo, estructura mental y visión del mundo, de los demás y de
Dios. El pueblo la acepta como propia y heredada de los que fueron
sus antepasados.
Es curioso ver cómo este segundo sentido es el que prima en todos aquellos
documentos que son fruto del aporte de miembros de culturas diferentes:
ya sea en el Concilio Vaticano II, como en los documentos pontificios que
organizan el material de los sínodos. Puede verse así:
• Constitución Gaudium et Spes Ns. 53 a 62.
• Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi N° 20.
• Exhortación Apostólica Catechesi Tradendae N° 53.
En Argentina por ejemplo la visión iluminista que consideraba
cultura sólo el estilo de vida civilizado europeo, llegó a ser una sangrienta
represión de la cultura popular, campesina y criolla del interior del país.
Sarmiento, que es considerado el padre de la educación, escribió un libro
llamado “Facundo o Civilización y barbarie”. En este libro clásico de
nuestras letras argentinas, barbarie es lo mismo que hoy llamaríamos
cultura criolla, popular. Creo que esta realidad es algo más o menos
generalizada en muchos países de América Latina, donde ciertas líneas
iluministas han utilizado todos los medios posibles para transculturar a
sus pueblos acercándolos lo más posible a la cultura europea.
A este fenómeno no escaparon muchas congregaciones religiosas,
que, en su esfuerzo por civilizar y educar, impusieron a las vocaciones
nativas lisa y llanamente eso que Puebla llama represión por la
intervención de otra cultura dominante. Ello llevó a que costara
muchísimo el arraigo de esas comunidades; casi todas sufrieron una
fuerte crisis cuando tuvieron que entregar las riendas a la primera
generación local.
Inculturación: ¿de quién?
El tema de esta ponencia es muy concreto. Y urticante. Se trata de
la formación monástica y de la inculturación. El tema es tan abierto
que puede signi3car tres cosas totalmente diferentes:
a) Existencia de una cultura monástica universal y ya dada a la que
habría que hacer acceder a todos los que deseen vivir la vida monástica.
Por lo tanto se parecería mucho al concepto que en América Latina
se tuvo de “civilización”. Se daba por descontado la existencia de una
forma civilizada de vivir, y se buscaba velle aut nolle que los pueblos
existentes o resultantes accedieran a ese tipo de vida y a los bene3cios
que de ella derivaban.
b) Otro sentido sería el que la comunidad que viene a implantar
la vida monástica, debiera despojarse de su realidad cultural propia
a 3n de asumir totalmente los valores y desvalores culturales del
pueblo al que llega, a 3n de hacer posible una fácil inserción de los
nativos en sus 3las. Esto, que podría ser heroico, parece impracticable
y probablemente no daría resultados válidos.
c) El tercer sentido supone que los monjes fundadores buscan en
primer lugar traer el aporte especí3co de su vida monástica seriamente
vivida, tratando de respetar la cultura propia del lugar y adaptando a ella
la forma de vida, de modo que la vayan impregnando desde adentro de
los valores monásticos sin transculturar a los formados. Es un trabajo
paciente, que exige mucha lucidez y humildad por parte de fundadores
y de nativos. De los primeros, para darse cuenta de que no siempre
justiprecian las costumbres locales, ya que están condicionados por su
manera propia de vivir. Y de parte de los segundos para aceptar que los
valores fundamentales de la vida monástica no son fruto espontáneo
de su buena voluntad o de su imaginación, sino realidades ya vividas
por generaciones anteriores que las han ido decantando y haciéndolas
doctrina de vida.
Creo que en nuestro caso el tema es interpretado de acuerdo a esta
tercera visión.
Formación monástica e inculturación significa:
• Proceso mediante el cual los valores de la vida monástica van
impregnando una cultura concreta, revitalizando sus valores y
corrigiendo sus desvalores. Proceso que en nuestro momento
histórico latinoamericano signi3ca para muchas comunidades
la colaboración de dos generaciones monásticas: una de ellas
extranjera y la otra nativa.
Sin la leal y fraterna colaboración de ambas generaciones es imposible
encontrar el camino medio que respete la 3delidad a los valores
monásticos, por un lado, y el no avasallamiento de la cultura local por
otra dominante por el otro. Y en este proceso la labor es especialmente
delicada para la comunidad madre, de la que ha provenido el grupo
fundador. Tendrá que jugar un papel moderador, aportando ayuda en
cierto tipo de formación, decidiendo el 3n de ciertas etapas y dejando
un cierto margen para la imaginativa de los protagonistas.
A modo de anécdota quiero traer a colación lo que hace poco nos
comentaba el presidente de una congregación benedictina europea.
Hoy día algunos obispos pre3eren que las fundaciones en sus diócesis
no se hagan mediante comunidades, sino mediante un formador
cualificado que adiestre y organice la vida de las vocaciones locales ya
previamente reunidas por el obispo o por decisión propia. Y por otro
lado el mismo presidente de la Congregación nos decía que un viejo
abad fundador aseguraba que toda fundación debe ser independizada
lo antes posible de su comunidad madre.
Son criterios discutibles. Pero muestran que el problema es real y
que se le busca solución.
Cultura latinoamericana
Es frecuente sentir, aun entre nosotros, que América Latina no
existe como realidad con identidad propia. Hace poco esto mismo fue
a3rmado por una Primer Ministra europea. Y su opinión es fruto de
una manera de vernos desde afuera, y que in4uye incluso adentro.
Los obispos reunidos en Puebla no comparten esta opinión. Toda la
primera parte del Documento está dedicada a ello. Pero de una manera
particular nos interesan los ns. 408 a 419. Reconociendo las grandes
diferencias entre las distintas naciones y entre las regiones dentro de
un mismo país, ciertamente América Latina tiene características que
la convierten en un continente bien de3nido.
Sobre un sustrato indígena, se realiza en los siglos XVI al
XVIII un encontronazo de razas del que surge el mestizaje. En él
intervienen en proporciones distintas lo amerindio, lo africano y lo
europeo iberolusitano. El pueblo que surge de este encuentro, a veces
doloroso, de las tres razas, recibió una profunda impronta a través de
la evangelización católica. Lengua y religión fueron factores de unidad
decisivos, junto al centralismo creado por las metrópolis. El movimiento
independentista de principios del siglo XIX abre las puertas al aluvión
europeo que genera un nuevo encuentro de pueblos, particularmente
en el Cono Sur. Pero sobre todo aparece una mentalidad iluminista
que apoya y promueve una civilización urbano-industrial, y favorece
el predominio de ciertas clases dirigentes que sueñan con el modelo
europeo como meta transculturadora.
Con todo, la cultura básica permanece fuertemente anclada
de un modo vivo y articulador de la existencia, particularmente en
los sectores pobres. Cultura fuertemente basada en el corazón y la
intuición, mucho más que en la e3ciencia o en la mentalidad físico-
matemática. Se mani3esta en las actitudes propias de la religión de
nuestro pueblo, penetradas de un hondo sentido de trascendencia, a
la vez que de la cercanía de Dios. Se traduce en una sabiduría popular
con rasgos contemplativos; y tiene su propia concepción del trabajo y
la 3esta, de la solidaridad y la amistad, y también del parentesco. La
piedad popular y particularmente la presencia de María, es un lugar
teológico y un foco evangelizador de gran fuerza religiosa y cultural.
Se trata por tanto de una cultura profundamente evangelizada,
pero a menudo pobremente catequizada, y aún más pobremente
ayudada por estructuras eclesiales. La escasez de clero, las distancias,
y la transculturación de muchos agentes de pastoral, hacen que gran
parte de nuestro pueblo no tenga la oportunidad de crecer en la
práctica de una fe, que, con todo, siente profundamente como parte de
su existencia. Puebla ve en la religiosidad popular y en el surgimiento
de las comunidades de base dos grandes desafíos que la Iglesia debe
utilizar en estos momentos.
Por otro lado América Latina colocada entre el Oriente y el
Occidente, no escapa al momento actual que busca una síntesis
cultural, y sufre gravísimas presiones en este sentido. La intensi3cación
de las migraciones, los medios de comunicación social, el predominio
de las dos ideologías acaparadoras del Colectivismo marxista y de
la Doctrina de la Seguridad Nacional, exigen tomar en cuenta que
nos encontramos ante un nuevo proceso de creación cultural que es
necesario evangelizar desde su nacimiento.
Por ello tenemos que evitar el quedarnos en un folklorismo
romántico, añorador del pasado, lugar común de 3estas escolares, y sólo
vital en algunos pequeños enclaves semi-aislados. Estamos frente a un
continente que genera una nueva modalidad cultural desde sus raíces
históricas y étnicas a la vez que asimila y asume el aporte avasallador
de otras culturas predominantes.
Dentro de esta situación se le presenta al monacato un hermoso
desafío, similar al que los monjes europeos vivieron en tiempos de
Benito. El desafío de estar presentes como levadura evangélica en
nuestro continente joven que busca su identidad de pueblo adulto.
El aporte monástico para ser levadura deberá previamente asumir la
cultura latinoamericana, y ser asumido por ella. Sólo se redime lo que
se asume. Esta frase de san Ireneo está varias veces presente en Puebla
y en el corazón de los que aman nuestra realidad.
Problema de corazón
No se puede pretender captar sólo con la mente la realidad de una
cultura. Es un problema del corazón. Puebla a3rma en el n° 397: “...
La Iglesia ha de conocer la cultura latinoamericana. Pero parte, ante
todo, de una profunda actitud de amor a los pueblos. De esta suerte,
no sólo por vía cientí3ca, sino también por la connatural capacidad
de comprensión afectiva que da el amor, podrá conocer y discernir las
modalidades propias de nuestra cultura, sus crisis y desafíos históricos
y solidarizarse, en consecuencia, con ella en el seno de su historia”.
Esto me parece que puede ser muy fecundo como base de trabajo.
Una cultura sólo se asume plenamente con el corazón. No basta
conocer a un pueblo y sus modalidades. Hay que comprenderlo. Y
esto es parte de un proceso que supera ampliamente el conocimiento.
Integra el compartir afectos y desafectos.
Si una comunidad monástica viene a nuestro continente con una
prioridad de servicio, el problema puede hacérsele particularmente
costoso. Porque estará tentada de supravalorar su aporte especí3co y de
despreocuparse de una previa asimilación afectiva de los valores locales.
Y se tendrá también la tentación de preparar a los monjes locales en
primer lugar para que puedan continuar con el servicio asumido. Ello
puede llevarlos a que inconsideradamente decidan que toda su formación
se realice en la casa madre o en universidades extranjeras, pensando
prioritariamente en su capacitación cientí3co-técnica, más que en la
asimilación de valores monásticos dentro de su propia modalidad cultural.
Pienso que la inserción monástica desde una cultura hacia otra es
más un problema de siembra que de trasplante. No se trata de traer una
planta ya estructurada (trasplante), porque puede ser que el clima, la
tierra, y las estaciones, no permitan a esa planta arraigarse continuando
sus propios ciclos ya iniciados. Quizá haya que traer una semilla, pobre
de estructuras, pero rica de vida, que puesta en el surco de una tierra
nueva, acepta morir para liberar su vida exponiéndola a un ambiente
nuevo y a una tierra también fecunda, pero con una historia diferente.
Así es como crecen y se desarrollan las nuevas variedades de una
misma especie, generalmente mejor adaptadas y con mejor posibilidad
de futuro crecimiento y multiplicación.
Por lo demás, es éste el proceso que el monacato oriental realiza
al llegar a Occidente, y dentro de Occidente, al ingresar en nuevas
tierras o en nuevas épocas. Benito siente una gran estima por todo lo
que Casiano cuenta de los monjes egipcios u orientales, pero eso no
le impide ser un hombre profundamente occidental y romano. Por
ejemplo, en detalles como el vestido, la comida, el uso del vino, y la
distribución de la oración, acepta que hay que hacer una adaptación
a la realidad en la que vive o en la que sus monjes podrán vivir. Este
mismo trabajo de hecho lo realiza luego cada Congregación cuando
se trata de verter en unas Constituciones propias, el mismo y genuino
espíritu de nuestra única Regla.
A este propósito quisiera copiarles el trozo de un artículo que se
publicó en abril de 1948 en la Revista Suiza MARÍA EINSIEDELN.
Su autor fue el decano de dicho monasterio, designado como prior
del grupo que en esos días partiría para Argentina a 3n de fundar
nuestro monasterio de Los Toldos. Necesito decir que este hombre
era un monje profundamente europeo, doctor en lenguas clásicas,
y apasionado amante de la tradición monástica sin agregados.
Precisamente escribe este artículo bajo el título: “LO QUE NOS
MUEVE”, como programa de los ideales que espera realizar allá del
otro lado de los mares. Les cito simplemente algunos renglones de su
escrito que, para mi comunidad, es casi el acta fundacional:
“... Llevaremos con nosotros nuestras buenas tradiciones y santas
costumbres... nos formaremos según el espíritu de nuestros difuntos y
trataremos de imitar sus ejemplos”.
Y más abajo añade:
“Fundar un Nuevo-Einsiedeln es, por tanto, nuestra meta. Pero
esto, entendedlo bien: No fabricaremos ni una isla de retraídos, ni una
colonia de extranjeros. Queremos amoldarnos al medio ambiente, y es
nuestro 3rme propósito encarnarnos en la Argentina y en su culturaasumiendo su idioma. Esto es lo que se corresponde cabalmente con la
tradición de nuestra Orden, y, será sin duda, nuestra tarea más difícil:
saber conservar la herencia que traemos de Einsiedeln y lograr una
generosa y sensata adaptación a la realidad del lugar. Únicamente así
nuestra fundación tiene posibilidades de sobrevivir. Es precisamente
en vistas a ésta nuestra meta, que el abad me ha concedido (por
compañeros) a monjes jóvenes y de espíritu receptivo”.
Al principio del artículo programático decía:
“Construiremos con la ayuda de Dios un monasterio según la Regla de
san Benito... éste es nuestro único anhelo, para cuya realización gastaremos
toda nuestra energía y nuestro amor. Pienso que el camino hacia Dios y
hasta el cielo no será más largo desde la Argentina que desde Einsiedeln.
Buscaremos a Dios en esas tierras lejanas y allí lo hemos de encontrar”.
Once años después yo mismo, siendo novicio, lo vi partir hacia el cielo,
luego de haber gastado sus fuerzas en esta causa. Fue el primero enterrado
en suelo argentino. Su siembra fue fecunda. Y al dar este testimonio sobre
el querido monje Eugenio P35ner, quisiera incluir a tantos otros hermanos
monjes que en las distintas comunidades dispersas por América Latina han
dado su vida y sus fuerzas para que el ideal de san Benito se enraizara aquí.
Quizá no se hicieron demasiados cuestionamientos sobre inculturación o
transculturación, pero lo dejaron todo y encontraron a Dios.
Siguiendo sus huellas también nosotros queremos hacer el mismo
camino, responsables de la vida monástica en su unidad con todos los
otros pueblos.
Mamerto Menapace, osb